Crisis Educativa

2 noviembre, 2010

Las escuelas que necesitamos

Filed under: Entradas — JuanV @ 14:35

Hemos descubierto no hace mucho el libro The schools we need and why we don’t have them (Las escuelas que necesitamos y por qué no las tenemos; no he encontrado traducción en español), que un profesor de la Universidad de Virginia, E.D. Hirsch, JR., escribió en 1996.  Hace una crítica de las ideas y principios pedagógicos dominantes en Estados Unidos desde hace más de seis décadas que, mira tú por donde, coinciden con los impuestos por la LOGSE en nuestro país desde los años 90. Es lo que allí se ha llamado pedagogía progresista y por estos lares se denomina pedagogía moderna  o escuela nueva, que basa sus postulados, entre otos, en la obra de John Dewey, Democracia y Educación: introducción a la filosofía de la educación, de 1916, en El método de proyectos de William Hearst Kilpatrick, de 1918, o en La escuela centrada en el niño, de Harold Rugg, de 1928, o también en los Escritos sobre educación de Johann Pestalozzi, de 1912. Todos coinciden en una concepción romántica de la educación, que proviene del Émile (1712) de Rousseau, que considera que la escuela coarta y pervierte el desarrollo natural de los nenes que, según ellos, florecerían cual margaritas en la pradera si se los dejara “madurar” atendiendo a su propio ritmo y necesidades. Son los defensores de esas frases con las que llevan bombardeándonos durante tantos años como “aprender a aprender”, “aprendizaje durante toda la vida”, “respetar el ritmo de cada uno”, “pedagogía centrada en el alumno”, “diferencias individuales”, “estilos individualizados de aprendizaje”, “inteligencias múltiples”, “constructivismo”, “aprendizaje cooperativo”, “aprendizaje por descubrimiento”, “aprender haciendo”, “aprendizaje por proyectos”, “clases multiniveles”, y muchas más, todas ellas superadas hace tiempo por la investigación, por la experiencia y por las prácticas educativas durante años que, no obstante, siguen sin ser tenidas en consideración por los seguidores de la pedagogía “moderna”.

Hirsch es autor de otra obra anterior, Cultural literacy (Alfabetismo cultural), de 1987, que propició la creación de la Core Knowledge Foundation, fundación para extender la idea de un programa de estudios basado en los conocimientos, que siguen hoy día más de doscientas escuelas públicas en Estados Unidos. El libro que comentamos defiende la necesidad de un programa de estudios de esas características para la enseñanza primaria, pasando por encima de las críticas que lo tildan de “enseñanza tradicional”, de enfoque verbal, fragmentado y aburrido en contraposición a una enseñanza activa, integrada e interesante para los alumnos, entre otras cosas. Porque a la hora de la verdad, el conocimiento es lo que marca la diferencia en cualquier esfera de la sociedad: determina la clase social, el éxito o el fracaso escolar e incluso influye directamente en la salud física y mental. Como comenta Hirsch, la distancia que separa a ricos y pobres no es la única injusticia que resulta de una distribución no equitativa del capital intelectual. Si el hogar es la influencia dominante en la educación y la escuela no hace nada para nivelar esa influencia, entonces los hijos de familias desfavorecidas económica y culturalmente no tendrán ninguna oportunidad de promoción social.

Los niños que poseen capital intelectual cuando ingresan por primera vez en la escuela poseen el andamiaje mental y el “velcro” que les permite captar lo que se da en clase, y pueden convertir ese nuevo conocimiento en más velcro mental para obtener todavía más conocimientos. Pero aquellos otros que llegan a la escuela sin la experiencia y el vocabulario necesarios, ni ven ni entienden y se van quedando cada vez más rezagados. (. . .) La diferencia progresiva en el capital intelectual adquirido que se produce en los primeros años de escolaridad acaba creando una laguna permanente en estos niños, especialmente en lo que respecta a sus habilidades de comunicación oral y escrita, para aprender cosas nuevas y para adaptarse a nuevos retos. Pag. 20

Según Hirsch la escuela puede y debe hacer algo para ayudar a los niños provenientes de medios más humildes a compensar sus deficiencias de capital cultural. Para ello es imprescindible que la escuela sea capaz de proporcionar a estos niños los conocimientos que, de otra forma, no podrán conseguir. Nada, pues, de adaptarse al medio social en el que se encuentre el Centro; nada de adaptar el programa al nivel de los alumnos. Habrá que exigir el mismo nivel a todos, mientras que habrá que ayudar especialmente a todos los que tengan problemas para alcanzar el nivel. Como comenta Hirsch, Gramsci defendía que no sólo hay una separación práctica entre conservadurismo educativo y conservadurismo político, sino que se da algo mucho más fuerte: una relación inversa entre progresismo educativo y progresismo social. El progresismo educativo es un medio seguro de preservar el status quo social, mientras que las mejores prácticas de lo que los defensores de la pedagogía moderna llaman  conservadurismo educativo constituyen el único medio por el que los chicos de hogares desfavorecidos pueden acceder de forma segura al conocimiento y a las habilidades que les permitirán mejorar sus condiciones. Gramsci vio que denominar “conservadores” al método fónico de lectura o a la memorización de la tabla de multiplicar y asociarlos a una ideología de derechas era un gran error intelectual. Mantenía que el progresismo político necesitaba conservadurismo educativo. Las clases oprimidas deben ser instruidas para que dominen las herramientas del poder y la autoridad – la habilidad para leer, escribir y comunicarse – y para disponer del conocimiento tradicional suficiente como para entender el mundo de la naturaleza y el de la cultura. A los niños, especialmente los más pobres, no se les debería animar a desarrollarse “naturalmente”, lo que los mantendrá en la ignorancia y los hará esclavos de sus emociones. Deberían aprender el valor del trabajo duro, ganar el conocimiento que lleva al entendimiento y dominar la cultura tradicional para poder dominar su retórica.

Hirsch resume en el último capítulo del libro:

– No podemos aceptar más décadas dominadas por ideas que privilegian la instrucción natural, integrada y en base a proyectos, por encima de la instrucción focalizada que conduce a la adquisición de habilidades operacionales bien ejercitadas en lectura y matemáticas, y a mentes bien provistas y versadas en materias específicas como historia o biología.

– Es preciso que rechacemos las nociones carentes de fundamento que sostienen que cada niño aprende naturalmente a su propio ritmo, y que enseñar al niño es más importante que enseñar la materia.

– No debemos aceptar la afirmación de que saber aprender (una habilidad abstracta que ni siquiera existe) es más importante que contar con una amplia base de conocimientos factuales que realmente permiten aprender más cosas.

– Es necesario que rechacemos el menosprecio del aprendizaje verbal y el ensalzamiento del aprendizaje “activo”, basado en la falsa premisa romántica de que las meras palabras son elementos apócrifos del entendimiento humano.

– No podemos seguir aceptando la creencia errónea de que la instrucción adecuada es un proceso natural, que no requiere esfuerzo y que depende principalmente del talento individual y no del trabajo arduo.

– Debemos rechazar la aseveración falsa de que si se posterga el aprendizaje hasta que el niño esté “preparado”, después éste aprenderá más rápido.

– Debemos dejar de escuchar el canto de sirena que nos dice que el aprendizaje debe ser motivado sólo por el cariño y el interés que sintamos en nuestro interior por la materia, prescindiendo de un considerable agregado de incentivos externos.

En suma, debemos dejar de prestar atención a las ideas románticas que los reformadores de los noventa – haciéndose eco de lo afirmado por los reformadores de los años veinte, treinta, cuarenta y de las décadas posteriores– han estado pregonando a coro. Definitivamente ésas no son reformas, sino las mismas ideas que han prevalecido durante mucho tiempo en nuestro fracasado sistema escolar.

Por desgracia creemos que se necesitarían muchas más obras como esta para acabar con los prejuicios que dominan el panorama pedagógico nacional (e internacional) y que tanto han calado en la sociedad incluso en ámbitos no directamente relacionados con la educación. Es necesario hacer público, extender y promocionar la existencia de libros como el de Hirsch para apoyar nuestras opiniones y sentir que somos muchos los que no tragamos las inconsistencias, los errores, las barbaridades y las sandeces de la pedagogía llamada “moderna”.

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10 comentarios »

  1. Se me vienen muchas ideas a la mente después de leer este extenso artículo.
    Creo que a estas conclusiones sólo llevan y van a llegar personas inteligentes, que sean capaces de hacer un análisis serio y profundo de las cosas. Es más cómodo y más fácil hacer la siguiente asociación: “Si le sigo la corriente al inculto, es que soy bueno con el inculto” o algo así, dicho burdamente, y eso es lo que predomina, porque por suerte o desgracia (supongo que desgracia) no hay muchas mentes inteligentes (menos aún entre los políticos) dispuestos a salirse del tópico imperante. Pero la cosa es aún peor porque por desgracia, no sólo es eso, no sólo es falta de capacidad, son intereses, la manera, como bien se dice en este artículo de mantener el status quo. Cuesta creerlo, cuesta creer que sea “a sangre fría”, pero es probable que sea así.
    Menospreciar el aprendizaje verbal es una burrada. El lenguaje es lo que nos hace diferentes de los animales, es nuestro propio pensamiento (¿de qué si no de lenguaje está hecho el pensamiento?) , está superrelacionado con la inteligencia. Menospreciar el lenguaje es un suicidio intelectual.
    Es cierto que el cariño y el interés por el aprendizaje acelera mucho la consecución de éste, y no sólo eso sino que lo afianza. Digamos que lo que nos gusta o nos interesa es lo que de verdad vamos aprender “bien”, pero eso no quiere decir que un niño sólo vaya a aprender lo que le gusta, en primer lugar porque si no tiene acceso a distintas áreas del conocimiento no podrá saber lo que de verdad le gusta; en segundo lugar porque es un ser aún inmaduro que no puede saber bien qué le gusta de verdad; en tercer lugar, porque para ser mínimamente culto hay que saber un poco de todo. Por ejemplo, yo recuerdo mucho mejor los estilos literarios que aprendí en BUP, que la tabla periódica (que no me gustaba), pero si se habla de la tabla periódica, al menos, no haré el ridículo. No sé si me explico.
    Todas estas cosas no están reñidas con el hecho de que el profesor sea cercano, respetuoso y comprensivo con el alumno. Vaya esto por delante, porque creo que a veces, son cosas que se confunden.

    Comentario por sí a la escuela pública — 2 noviembre, 2010 @ 22:40 | Responder

  2. Hola les escribo desde Argentina.
    Aqui tambien la fiebre Constructivista arrasó por la época de los noventa, coincidiento “casualmente” con el neo liberalismo y con el ajuste mas feróz a los trabajadores.
    Perdón que escriba aquí, pero estuve leyendo esta página por cuatro horas seguidas, no pudiendo creer que haya alguien en el mundo que al menos se organice contra tanta depredación. Les estoy muy agradecido.
    Ahora estoy llevando una discución bastante áspera en torno a los “ejes transversales”. Les agradecería si me pueden aportar material crítico. Gracias.

    Comentario por Fernando — 3 noviembre, 2010 @ 16:51 | Responder

  3. Encantados de tenerte por aquí, Fernando.
    Si te gustó la recopilación de artículos, nuestra crítica, te recomiendo que le eches un vistazo también a las páginas amigas que tenemos como enlaces.
    En cuanto a lo de “ejes transversales” no hemos visto nada; parece que eso no llama mucho la atención más allá de ser otra memez más de los “expertos”.
    Saludos

    Comentario por Juan — 3 noviembre, 2010 @ 20:53 | Responder

  4. Enhorabuena por el artículo! Habrá que hacerse con el libro.

    Comentario por SchoolMarket — 5 noviembre, 2010 @ 16:41 | Responder

  5. Gracias, Juan, por la reseña. Yo pondría a todos los responsables de la educación en este país a repetir como un mantra “No debemos aceptar la afirmación de que saber aprender (una habilidad abstracta que ni siquiera existe) es más importante que contar con una amplia base de conocimientos factuales que realmente permiten aprender más cosas.”

    Comentario por Paco García — 6 noviembre, 2010 @ 09:18 | Responder

  6. El síndrome Belén Esteban

    Como profesora, las preguntas de los alumnos que más me cuesta responder convincentemente son sobre porqué hay que estudiar cosas que a ellos les parecen inútiles o absurdas, como la Historia o la Geografía. Yo tengo claro qué me aportan a mí, pero de todas las razones que hay para estudiar estas cosas, yo les hago hincapié en lo necesarias que son estas disciplinas para comprender el mundo en el que viven: las coordenadas de espacio y tiempo, que al fin y al cabo son las que tratan la Geografía y la Historia , nos ayudan a conocer el sitio que ocupamos en el mundo y a comprender de dónde vienen todas nuestras realidades. Que todo eso les puede parecer ajeno y absurdo, pero que muchas de las cosas que estudian tienen que ver con su vida real y que, quieran o no, les afectan.

    Por ejemplo, ¿quieres saber por qué tienes a tu lado a un compañero que viene de Ecuador? ¿por qué habla el mismo idioma que tú? ¿quieres entender por qué un señor, por nacer con el apellido Borbón, va a ser “rey” y el Estado Español le va a dar mucha pasta (que vendrá de los impuestos que tú pagues de mayor)? ¿por qué lo que digan unos señores europeos en Bruselas va a repercutir – y mucho – en tu vida? Todo eso es geografía. Todo eso es Historia.

    Algunos entienden qué quiero decir, otros no. Yo no llevo mal las preguntas, las protestas… son críos. Es normal. Donde me desarman del todo y me dejan sin respuestas es cuando me dicen que todo eso les da igual. Que para qué quieren saber dónde está Marruecos, si no van a ir nunca. Para qué conocer el tipo de elecciones que hay en España, si ellos no tienen la intención de votar jamás. Que les resbala que haya una guerra en Irak, que media África se esté muriendo de hambre o que la Unión Europea diga “bla”. Si ni siquiera les interesa eso, imaginaos lo complicado que me resulta hacer que se interesen por lo que hacían señores de hace cinco siglos, por muy apasionante que yo intente pintarlo.

    Y, Lo que llevo peor con diferencia, es esa actitud de orgullo con el que exhiben su ignorancia y su cortedad de miras. Esa actitud de “no sirve para nada, no me interesa. Eso que cuentas y a lo que dedicas tu vida es una mierda. Yo quiero jugar a la Play / irme de compras al Centro Comercial y ya”. La tienen conmigo, que enseño Historia, pero también que los profes de lengua, de biología, de matemáticas. El desprecio por los libros, por el Arte, por la Cultura , por las Ciencias… no es algo tan raro, y puede conmigo.

    Últimamente esa actitud está más de moda que nunca. Tenemos una perfecta encarnación en la dichosa Belén Esteban, que no sabe nada, no quiere saber nada y se jacta de ello. La mala educación, la zafiedad y la ignorancia puestos en un pedestal día tras día. Todo el mundo la aplaude porque ella es “auténtica” (signifique lo que signifique eso). Conozco a mucha gente a la que le gusta ver a la Esteban y es curioso, porque hay toda clase de personas entre su público. Entre ellos, los que más me llaman la atención son dos tipos: la gente que tiene (o cree que tiene) más educación que ella y la ve como un divertimento, incluso algunos como un consuelo (yo soy mejor que ella), o los que son como ella, que han visto como la ignorancia y la mala educación también te pueden hacer triunfar en la vida y que hay que sentirse orgulloso de ello. Eso me da miedo: que se extienda y que sirva de ejemplo a más bobos, que opinen que el no saber nada es estupendo. Que el presumir de ser zafio e inculto se convierta en políticamente correcto y sea bien visto.

    “Eh, que yo no quiero ayuda de nadie, que no necesito ayuda, leche” dice la Esteban en un momento de estos cuatro minutos de despropósitos. “Como yo no he pillado esa revolución -la industrial- tres narices me importa”- un argumento que podría haber empleado uno de mis peores alumnos.
    En fin… lo grande es que estoy convencida de que la mayor parte del público (y muchos de los de las mesas) no tenían ni idea de que la chica estaba metiendo la zarpa hasta el fondo y más allá y reían y aplaudían porque lo decía el regidor.

    Entendedme: yo no critico a la gente que no sabe. Yo no sé mucho de tantísimas cosas… tampoco creo que tenga que ser motivo de vergüenza el no haber estudiado, el no hablar correctamente o el tener lagunas de conocimiento. Lo que me revienta es la actitud contraria, la exhibición con orgullo de la ignorancia y el menosprecio a cualquier cosa que huela a sapiencia. Me duele el desprecio a la educación, en todos sus sentidos. Me duele… y me da una pena que me muero.

    Comentario por alumno — 10 noviembre, 2010 @ 22:17 | Responder

    • Me gusta lo que dices pero:¿de verdad eres un alumno?. Perdona , tal vez llevo demasiado tiempo dando clase a lo peor de lo peor.

      Comentario por Sara — 26 noviembre, 2010 @ 21:12 | Responder

  7. Juan, ya te lo he repetido muchas veces, pero, de nuevo, gracias. Sé que con la reseña no basta, que tarde o temprano hay que pasar por la fuente. Pero ese paso lo venimos haciendo por este excelente trabajo de síntesis.

    Comentario por Fran — 14 noviembre, 2010 @ 20:00 | Responder

  8. Se ha realizado la utopía regresiva que preconizaban los bilderberger (grupo de Bildelberg este año reunidos en ´Cataluña) allá por 1979: para destruir la enseñanza pública hay que destruir primero la educación familiar, a los padres ahy que ocuparlos, desocuparlos, preocuparlos.Que sólo con 7 años cumplidos se pueda ingresar a la escolarización formal es cosa muy finesa y por las estadística parece que resulta. Con ese cimiento destruido que la educación primaria se ocupe de la socialización primaria renunciada por las familias, que la secundaria académica se las tenga que ver con quienes quieren pensar con las manos..que los bachilleratos públicos dejen de ser propedéuticos..Así han desmantelado la educación pública en todo el planeta..

    Comentario por Jorge González — 16 noviembre, 2010 @ 23:13 | Responder


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