Crisis Educativa

31 julio, 2011

Sobre “El aula desierta”

Filed under: Entradas — JuanV @ 22:51

La autora de El Aula desierta. La experiencia educativa en el contexto de la economía global es Concha Fernández Martorell, Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona, Catedrática de Filosofía de Bachillerato y, en la actualidad, directora de un IES. El libro parece escrito, sin embargo, por dos personas distintas pues radicalmente distintos, y hasta contrapuestos, son los puntos de vista que sustentan la crítica que recorre toda la obra.

En primer lugar, por tanto, si hay algo que destacar en el libro son las grandes contradicciones que presenta. Por una parte hace una crítica del sistema educativo, concretamente de las reformas educativas a partir de la LOGSE, de la escasa valoración que se hace de los conocimientos y del constructivismo, uno de los principios básicos que sustentaban esa ley (y que sigue haciendo ahora en los casos de la actual LOE y sus leyes derivadas en las Comunidades Autónomas, como la LEC, en Cataluña, la LEA, en Andalucía, o la LEE, en Extremadura). Señala la mentalidad mercantilista que subyace en los planteamientos neoliberales de la LOGSE, como se ve reflejado en su terminología: “competencias básicas”, “elección de centro”, “autonomía de centros”, “control de calidad”, “flexibilización”, etc.; y destaca la finalidad última de todas estas leyes, que no es sino “el desmantelamiento progresivo de la enseñanza pública” (Pag. 24). Más adelante denuncia la hipocresía dentro del sistema educativo cuando “la segregación social, que los programas escolares rechazan en su lista de valores, ha sido estimulada dese los gobiernos a través de su política de concertación” (Pag. 31).

Acierta plenamente a nuestro juicio en su crítica al tratamiento que el sistema educativo actual hace de los conocimientos:

Cualquier pedagogo es consciente de que la reflexión crítica de la que alardean las reformas educativas actuales no se adquiere de manera simple y directa, sino desde los propios conocimientos, precisamente lo contrario de su propuesta. También los responsables de la política educativa saben que sólo donde los conocimientos entran en juego se produce la rebelión y el avance social, sólo ahí surge la crítica, en el debate entre lo viejo y lo nuevo. (Pag. 48)

Los conocimientos se eluden en el panorama educativo precisamente para poder impartir contenidos abstractos más duraderos, que conformen la mente y el alma, es decir, que consigan de los alumnos el conformismo, la reproducción pasiva de las estructuras formales. (Pag. 49).

Acierta también en la caracterización que hace del constructivismo, “. . . tendencia psicopedagógica que se ha ido implantando en los países desarrollados durante las últimas décadas, en armonía con el nuevo ideario neoliberal” (Pag. 45). Comenta que a pesar de sus pretensiones emancipadoras, críticas y liberadoras, el constructivismo se adapta con una facilidad sorprendente a cualquier contexto político merced a su falta de ideología o carácter neutral. Adolece además, dice, de una gran contradicción interna: “Relativiza todo el conocimiento y, sin embargo, pretende establecer sus teorías como verdades absolutas” (Pag. 66).

Son buenas y acertadas en nuestra opinión también algunas críticas que aparecen a lo largo del libro, como cuando sentencia: “La “estrategia” más eficaz que han llevado a cabo las reformas educativas en los países desarrollados, ha sido la campaña tenaz de desprestigio del profesor y la introducción sutil de un veneno corrosivo en los claustros provocando el enfrentamiento y la confusión” (Pag. 76). O cuando afirma que la “nueva pedagogía impide al profesor dirigir la práctica educativa desconfiando de su competencia” (Pag. 80). Lleva mucha razón cuando se queja de que “a medida que aparecen los problemas en el seno de una sociedad enferma, su solución se traslada curiosamente a la escuela” (Pag. 129).

Denuncia el “cinismo pedagógico” cuando se habla de integrar  a los alumnos y “tratar su “diversidad” en un grupo aparte, con programas ajustados, como si la marginalidad y la pobreza se resolvieran concediendo una dosis menor de matemáticas, es decir, aumentando su desprotección”. Y denuncia que no ha habido “ninguna autocrítica del proyecto de reforma” educativa, cuya

“verdadera intención ha sido diluir el potencial crítico que la educación estaba adquiriendo por momentos, disolver el efecto explosivo que tendría una auténtica complicidad entre los conocimientos de los profesores y la rebeldía de los jóvenes y vaciar de sentido los principios de una educación emancipadora a fuerza de repetirlos como un estribillo retórico en todas y cada una de las materias, sin abordar su contenido histórico ni analizar qué está pasando” (Pag. 143).

Sin embargo, como comentábamos al principio, toda esta crítica se ve ensombrecida cuando pasa desde la observación del sistema educativo o la reforma educativa a la reflexión sobre la práctica docente o la labor cotidiana de los profesores. Pronto empieza a desbarrar de manera tan evidente que a veces roza el absurdo en unas declaraciones e insinuaciones cargadas de un paternalismo trasnochado y de una sobreprotección a la figura del alumno, al que todo parece justificársele de una forma u otra. Habla de “una sociedad que sacrifica todo el hedonismo desde la más tierna infancia, fabricando niños desprotegidos y jóvenes abandonados” (Pag. 32), lo que aún se entiende menos en el contexto que se emplea de justificación de la violencia de los alumnos. Dice que los profesores “han renunciado a su dignidad como educadores” (Pag. 33), ignorando por lo visto la falta de recursos a la que las leyes educativas condenan a los profesores para tratar los casos de indisciplina y violencia escolar. Tampoco es del todo correcta su crítica del dicho que se oye comúnmente respecto a que si ahora los alumnos son más indisciplinados “es porque en su casa nunca se les ha dicho “no”” (Pag. 38), con el que estaría de acuerdo la mayoría de los profesores de instituto del país. Viene ella a decir, sin embargo, que “precisamente los alumnos más problemáticos son aquellos a quienes todo en la vida les ha sido negado” (Pag. 38). Tampoco afina mucho cuando afirma que cualidades como la curiosidad para el conocimiento, o la capacidad crítica “son ahogadas por todos los medios que atraviesan la enseñanza”, sin añadir más detalles; o cuando dice que los derechos ciudadanos de los alumnos “les son negados cada mañana antes de atravesar el umbral del instituto” (Pag. 39), cosa que no explica. Se equivoca también, desde nuestro punto de vista, en su concepto de autoridad referida a un profesor cuando afirma: “La autoridad bien entendida no es algo que se imponga desde arriba hacia un sujeto pasivo, sometido, sino a la inversa, es una facultad que reconoce alguien en otro (¿?), por su capacidad, por sus cualidades, por su condición de consejero y tutor, porque le aporta seguridad” (Pag. 77). Ante lo que cabe preguntarse si la autoridad de un juez, o de un guardia de tráfico, o la del capitán del barco, o la del director del banco no se impone “desde arriba hacia un sujeto pasivo”; o bien qué sucedería si en un juicio al acusado se le ocurre no reconocer la autoridad del juez ni por su capacidad, ni por sus cualidades, ni por su condición de consejero ni tutor, ni porque le aporte seguridad alguna. Y desde luego no sabemos a qué tiempos se refiere ni qué profesores tiene in mente cuando dice: “No puede ser verdad que los profesores quieran volver a los autos disciplinarios (¿?), no quiero creer que estén desperdiciando sus conocimientos y su formación en argumentar el retorno de la intransigencia (¿?) y las medidas de fuerza ejemplares (¿?) (Pag. 82). Se equivoca a nuestro juicio asimismo cuando en un intento de entender los problemas de la adolescencia y criticando los malos ejemplos de la sociedad dice que “los adultos carecen de memoria y reflexión para comprender hasta qué punto las exigencias sociales pueden resultar extrañas y ajenas” a los jóvenes (Pag. 128). ¿Es que acaso sugiere que los problemas que surgen en las clases se deben a la falta de consideración de los profesores para con los alumnos?

A veces no se sabe bien a quién se dirige la crítica. Por ejemplo, parece correcto que se ponga de manifiesto el intento de dominación y control que ejerce el poder sobre el mundo de la educación, a través de leyes (LOgsE, LEA, LEC, etc.), principios (constructivismo, igualdad obligatoria), contenidos (menosprecio y ausencia  de conocimientos, imposición de valores), etc. Pero no se entiende, o al menos no queda claro a qué se está refiriendo, cuando deja caer el “dominio y la intolerancia tan habituales” (Pag. 121) en el seno de la institución educativa., sin más. Cabría preguntar a qué nivel se dirige esa crítica.

Parece mentira que diga que “cualquier ademán mínimamente airado conduce a la expulsión” (Pag. 130) de un alumno; debería saber, como suponemos que ciertamente sabe, lo difícil y hasta complicado que resulta hoy en día la expulsión de un alumno con la ley en la mano: que si designación de la comisión de convivencia, que si escuchar a uno y otro bando, como si de un juicio se tratara y poniendo la palabra del profesor en entredicho y al mismo nivel que la del alumno en aras de la sacrosanta igualdad, etc. También parece haber perdido el norte cuando escribe que “No es educación someter los dulces años de la infancia a principios absolutos e incomprensibles para el niño en aras de un supuesto porvenir. . .” (Pag. 130). Ah, ¿no?, decimos nosotros; ¿entonces sólo se puede exigir a los chavales que se comporten acorde a los principios que ellos entiendan? Pues según esa idea sólo habrá que darles de comer dulces, porque es lo único que les gusta y, desde luego, no entienden la necesidad de comer fruta o verduras porque es bueno para su salud, actual y futura. Claro que no debe sorprendernos mucho estas salidas de tono cuando abundan en el libro citas del señor Rousseau, nada menos. En esa línea parece más bien que bromea cuando dice en la misma página 131:

Hay que dejar de interpretar sus gestos, sus expresiones y su energía como signos inequívocos de conductas futuras indeseables y permitir que puedan manifestarse con libertad en un entorno no opresivo (…)

Sus acciones extemporáneas, sus risas y bostezos, no pretenden fastidiar a nadie, son expresiones de sí mismo, un desahogo, un saludable signo de relajamiento.

Vamos a ver, señora mía. Cómo que dejarles que se manifiesten “con libertad”, habrá que enseñarles y hacer que se acostumbren a cumplir unas normas, ¿o no? Cómo que risas y bostezos, ¿en plena clase? ¿en mitad de la explicación del profesor? ¿Cómo que “saludable signo de relajamiento”? (En otra parte habla de “pequeñas insinuaciones airadas” como manifestación de “una búsqueda desaforada de identidad”, suponemos que identidad de gamberro, claro). Pues que vayan a relajarse a su casa, decimos nosotros. Tendrán que aprender las normas básicas de comportamiento en una clase, por saber adecuarse al contexto, en primer lugar, por respeto a sus compañeros y su profesor, en segundo lugar, y por último como ciudadanos con un mínimo de civismo. ¿Es posible que esto plantee algún género de dudas? ¿Es posible que haya algún profesional de la educación que no vea esto y que además se atreva a escribir proponiendo justo lo contrario? Ciertamente la educación en este país nuestro tiene muy difícil la recuperación del abismo en que se encuentra si hasta los profesionales tienen este tipo de dudas.

Y sigue con que los profesores:

“. . . confunden a menudo su comportamiento con sus notas. Muchas veces los profesores se equivocan en su dictamen y sacan conclusiones apresuradas como resultado de una visión extraña y ajena a las condiciones en que se mueven los alumnos, a su situación precaria e indefensa cuando apenas cuentan con dieciséis años” (Pag. 132).

Y llama además a las normas y reglas de conducta “incoherencias injustificables” y “erráticas costumbres” mientras caracteriza al conjunto del profesorado como “portadores de un montón de prejuicios, antiguos y modernos, que les impiden tratar a los alumnos con un mínimo de naturalidad” (Pag. 134). Pero bueno, ¿de dónde sale esta señora? ¿dónde ha dado clases? ¿con qué alumnos se ha topado? Y sobre todo ¿con qué compañeros ha compartido y comparte su trabajo diario? En la página 221 dice textualmente: “El profesor se siente incómodo, tiene que tapar su falta de seguridad con el enfado, ocultar sus complejos tras los castigos y calmar su temor haciéndose temer”. “Jamás hablan con el alumno, no dialogan con él ni le dejan explicarse . . .” “A menudo el profesor se comporta como una identidad absoluta (¿?) incapaz de comprender al otro.” Según ella el origen de la crisis educativa que padecemos se halla en la incomprensión de los adolescentes por parte de los adultos y en el rechazo social que provocan: “La falta de comprensión hacia los adolescentes y el rechazo social que despiertan, a todos los niveles, está provocando una crisis en la educación sin precedentes que ha convertido el aula en un desierto (Pag. 224).” “Según los informes”, escribe, “los profesores reniegan de los alumnos, se deprimen y huyen; los alumnos se sienten obligados y sólo quieren salir del aula, no hay en ella nada que les interese”. Ignoramos qué informes lee, pero para concluir que los alumnos “se sienten obligados” no hace falta mucha investigación, ¿no es ese uno de los objetivos de la enseñanza obligatoria? ¿Y es que alguna vez los alumnos han dejado de preferir la calle o el patio de recreo a dar clase? ¿Alguna vez han mostrado interés por la filosofía o el latín o la trigonometría? El tema llega al colmo, y mejor lo dejamos sin comentar, cuando dice:

El conflicto surge con facilidad si no hay desde todas las partes, al menos los adultos, una actitud prudente y ponderada que propicie un clima sosegado para el entendimiento. Dado que esta predisposición se ha hecho extraña a la moda actual, cargada de una ironía chabacana y una chulería prepotente, la comunicación se enrarece, no llega a ser fluida, y la comprensión se hace imposible.” (Pag. 227)

 “La filosofía”, dice en la página 190, “enseña a pensar, a expresarse y a escribir; no se trata de aprender ideas de otros, que evidentemente no podrán ser aceptadas como tales, sino que ellas señalan caminos, dan pistas, abren ventanas . . .” ¿No hay que conocer-aprender las ideas de otros? ¿no podrán ser aceptadas? ¿por qué razón? ¿es que sólo nos van a valer nuestras propias conclusiones? Hablando de las notas escribe: ¿Qué relación existirá entre un tres o un siete con (y) la energía vital de un joven, con sus aspiraciones, con lo que es ahora y será en el futuro? Sin embargo, se le juzga por ese número y toda su vida quedará condicionada por él” (Pag. 232). Absurdo y además totalmente falso, sobre todo si tenemos en cuenta que, de nuevo con la ley en la mano y no del gusto de la mayoría de los profesores, los alumnos pueden promocionar de curso, y de hecho así sucede muchas veces, con todas las asignaturas suspensas.

En definitiva, aunque parece proponer una crítica al sistema educativo en general, y a pesar de algunas reflexiones acertadas al respecto, no deja de sorprendernos que en conjunto resulte una obra más centrada en la crítica al conjunto del profesorado.

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3 comentarios »

  1. Esta critica parece de chiste realmente, llena de prejuicios y lógicas anquilosadas. Por favor al autor de de esta crítica le recomiendo leer a Benjamin, a Nietzsche y alguno que otro post-moderno saludos y más rigurosidad ahí.

    Comentario por Cristóbal — 25 mayo, 2013 @ 12:56 | Responder

    • Pues perdona, compañero, pero yo ya he hecho mis deberes. La próxima vez que quieras comentar algo sé un poquito más explícito. De la postmodernidad te explico lo que quieras saber; por cierto, nada que se pueda defender con un mínimo de sentido común.
      Saludos

      Comentario por JuanVJuan — 25 mayo, 2013 @ 21:06 | Responder


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